«La vivencia de crecimiento es una de las más hermosas y profundas que puede tener el ser humano. Desarrollar cada día las desconocidas potencialidades de la semilla interior.

Crecer hasta el fin de nuestros días.

Florecer y dar frutos.

La vida humana puede semejarse a un árbol, que surgiendo de una semilla, se hace fuerte y fecunda, nutrida por la savia memorial del amor. Florece y fructifica en forma tan generosa que sus ramas se despedazan por el peso de sus frutos.

El proceso de vida está contenido en la semilla y se transmite a través de millones de años. En cada etapa surgen nuevos brotes, nuevas capacidades. En cada edad recibimos la gracia de nuevas visiones. Todos los momentos de nuestra existencia tienen un valor intrínseco que es preciso saber descubrir.

El ejercicio de crecimiento invoca una vivencia excepcional. No se trata de ‘representar el desarrollo de un pequeño árbol’. Es la música que tiene que impulsar el crecimiento y no nuestra voluntad. Tenemos que llegar a convertirnos en la música y crecer desde las entrañas de la tierra hasta la luz en lo alto.

Algo crece dentro de nosotros. Nuestra sabiduría consiste en permitir que la energía ascendente se manifieste».

Rolando Toro.

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