En el artículo anterior sobre «el arte de saber escuchar en las relaciones» comentaba que cuando hablamos de los problemas de escucha en una relación, la mayoría de las veces  resultan ser problemas recíprocos, que aquel  que suele quejarse de no ser escuchado, normalmente tampoco sabe escuchar al otro.

También hice referencia de que el arte de escuchar en la relación es un camino posible y efectivo, que requiere de humildad, apertura al  aprendizaje y la disposición a asumir la responsabilidad de la coparticipación en el resultado de las conversaciones en la relación. 

Estos son tres aspectos fundamentales pues hemos sido educados para “tener la razón” no para abrir el corazón, por lo cual la soberbia está presente y es inherente a nuestras relaciones, de esta manera si vamos a la conversación y no soltamos o nos hacemos conscientes de estos paradigmas obsoletos que están presentes, jamás lograremos el tan anhelado punto de encuentro que solo es posible si nos declaramos aprendices y nos hacemos humildes para aprender el arte de escuchar, asumiendo el 50% de nuestra responsabilidad en la coparticipación del resultado alcanzado con la conversación.

Escuchar es un proceso altamente complejo, pues implica oir más interpretar. Interpretamos de acuerdo al observador que somos, a nuestra deriva histórica personal, familiar y cultural a partir de la cual se generaron juicios, supuestos, valoraciones, los cuales se ponen en acción en ese complejo proceso interpretativo, es decir, cada individuo interpretará lo que el otro dice “a su manera”. 

Lo referido anteriormente nos abre a un abismo, una brecha natural entre lo que el otro dice y lo que yo interpreto y viceversa. Tomar conciencia y responsabilidad sobre esa brecha es fundamental para generar acciones que permitan acortarla, salvar las distancias que nuestras interpretaciones generan para lo cual también es fundamental el respeto por la diferencia  de lo que cada quien observa desde el particular observador que es. YO DIGO LO QUE DIGO Y TU ESCUCHAS LO QUE ESCUCHAS.

Hacernos  responsables de la brecha natural que existe entre el que habla y el que escucha implica una acción fundamental de aprendizaje, el cual nos es posible profundizar a partir de algunas herramientas básicas que nos permiten reducir la brecha. Estas herramientas son: 

1.-Verificar escucha

2.-Indagar

3. Compartir inquietudes

Veamos cada una de ellas en detalle:

1.Verificar escucha

Al declararnos humildes aprendices en el área  es importante asumir la práctica  habitual y sistemática al uso de cada una de estas herramientas. Todo proceso de aprendizaje requiere compromiso y práctica, no fortuitamente se dice que la práctica hace al maestro.

“Yo digo lo que digo y tu escuchas lo que escuchas”, implica la necesaria responsabilidad compartida de asumir el compromiso mutuo de “verificar” si efectivamente lo que yo estoy diciendo es lo que tu estas comprendiendo o verificar si lo que yo estoy comprendiendo es lo que tu quieres decir. Es decir que la verificación es una responsabilidad tanto del orador como del oyente.

Verificar es pedirle al otro que con sus palabras me comunique lo que está comprendiendo de lo que  le estoy diciendo, para poder acceder a la interpretación que está haciendo de lo que oye y verificar que el mensaje efectivamente está siendo captado según lo que yo como hablante quiero decir, cosa que igualmente aplicable al oyente, como oyente requiero desarrollar de la capacidad de sospechar de mi propia escucha, y poder verificar con el otro si efectivamente estoy comprendiendo lo que este me quiere decir. Para asegurarme que lo que he escuchado es lo adecuado, me detengo en la conversación y verifico mi propia escucha.

2. Indagar

Por otro lado entramos en el espacio del Indagar, esta es una de las herramientas más importantes para reducir la brecha de la escucha, hacer preguntas para afinar, completar y corregir aquello que hemos escuchado. En este caso usamos el habla para garantizar una mejor escucha, ampliamos el habla para que otro hable más, para poder escuchar mejor. El fin es asegurar que la interpretación que emerge de nuestra escucha disponga de todos los elementos para que esa brecha sea lo más pequeña posible.

3. Compartir inquietudes

Siempre que hablamos lo hacemos para hacernos cargo de algo que nos inquieta. Problemas frecuentes en nuestra escucha suelen resultar de no saber cual es la inquietud que conduce al orador a decir lo que dice. Cuando las inquietudes no son explicitas, ello implica que la escucha del orador no dispondrá de algunos elementos claves para generar su interpretación. Cuando esto sucede, cuando la inquietud que conduce al orador a hablar no ha sido presentada, sugerimos, como una forma de afinar la escuchar y reducir posibles brechas, preguntar por ella. Una vez que conocemos las inquietud, no sólo nos es posible comprender mejor lo que se nos ha dicho, también nos es posible evaluar si aquello que el orador nos dice representa la mejor manera de responder a su propia inquietud o, incluso, más atrás todavía, evaluar si la inquietud del orador la consideramos una inquietud válida.

Evaluemos la conveniencia de compartir con el oyente las inquietudes que nos conducen a decirle tal o cual cosa; de permitirnos mostrarle los antecedentes que nos conducen a hablarle. Para hacerlo, podemos anteceder lo que deseábamos expresar con un “Dado que…” Con ello contribuimos a que la brecha en la escucha del oyente no se dispare hacia cualquier lado y tenga una mayor probabilidad de reducirse.  

Finalmente en el proceso  del arte de escuchar es fundamental el abrirse. Abrirme al otro, abrirme a la transformación en la relación con el otro, dejarme tocar por el otro, a la posibilidad de ver algo nuevo, diferente a mi forma de ver, y estar. Eso es posible  habiéndome abierto a mi mismo desde la auto observación de comprenderme reconociendo mi pensar, mi sentir, mis proyecciones (todo lo que pongo en el otro que no me gusta de mi o que no veo en mi ), mis acciones, para poder antes de hacer escuchar mis inquietudes (sin olvidarme de ellas)estar dispuesto a descubrir las del otro, comprender su pensar, su sentir, sus inquietudes, etc, es decir, asumir una escucha  empática, que abra el camino afectivo necesario para  que el otro se abra a escucharme también. Se abre el camino para flexibilizar mi forma de ver e incluso el observador que soy, sabiéndome limitado y humilde en cuanto a reconocer que no soy dueño de la verdad y que estoy dispuesto a profundizar en la verdad del otro desde el respeto mutuo y la aceptación y encuentro de ambos.

Autora: Psicóloga Yesenia Fernández. Terapeuta Familiar y de Pareja.

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