Para hablar de planeación, debemos referirnos al concepto de previsión, acción que la mente es capaz de realizar para ver anticipadamente y sin la cual sería imposible hacer planes. No me refiero a ser un vidente, sino más bien a la capacidad de anticiparnos a las condiciones futuras de una situación o un proyecto que fije el curso concreto de las acciones a seguir.

La palabra «planificar» está formada con raíces latinas y significa «hacer un plan». Planeación es la aplicación racional de la mente en la toma de decisiones anticipatorias, con base en el conocimiento previo de la realidad, para controlar las acciones presentes y prever sus consecuencias futuras, encausadas al logro de un objetivo deseado.

La planificación es de vital importancia para trazar una ruta con el objetivo de alcanzar metas o propósitos. La planificación no sólo marca las acciones a seguir, sino que también es susceptible de delimitarlas y asignarles un tiempo para su realización y puede variar dependiendo de cada persona, ya que dependerá de los recursos con los que un individuo cuente para cumplir con lo planeado, además de las diversas situaciones (contexto) que se pueden presentar durante el camino hacia la meta. La planeación no debe ser una acción rígida, sino mas bien se tiene que plantear como un proceso flexible capaz de reconsiderar nuevas acciones de solución de acuerdo a las circunstancias que se presenten.

En el diseño de metas generalmente trabajamos con una planeación estratégica con el fin de realizar un análisis de los elementos externos e internos y la influencia que tienen en la meta durante todo el proceso para alcanzarla. Entendamos la planeación estratégica como un subproceso de la planeación que se enfoca en la creación de un plan estratégico, que es un documento que muestra medidas y acciones concretas que deben ser llevadas a cabo para lograr la visión y la misión.

El diseño de un plan estratégico para lograr una meta, es un proceso que requiere de un tiempo efectivo y que no todos están dispuestos a destinar, porque muchas veces requiere una gran descarga de energía, por lo que es importante considerar el valor personal que estará presente durante el proceso y hasta el logro de la meta. Esto último proporcionará a la persona un factor motivante para no claudicar durante el proceso, es decir, deberá lograr una relación favorable de los beneficios que espera con respecto a los costos que exige, definiendo previamente estos últimos y el valor de los resultados que se obtendrán en la forma más cuantitativa posible.

Así pues, para que un proceso metodológico de Coaching tenga la efectividad del acompañamiento, primero debe considerarse que el coachee deberá decidir conscientemente que quiere trabajar en una meta para que después de explorar las variables endógenas y exógenas con relación a la meta, la persona pueda ser capaz de diseñar un plan de acción que lo llevará a la ejecución y por ende al logro de la meta. Este plan de acción  deberá contemplar tiempos definidos, recursos tanto tangibles como intangibles con los que cuenta el coachee y el reconocimiento de los resultados que pueda ir midiendo para que se genere un compromiso entre el coachee y las acciones.

Finalmente, podríamos decir que tomar acción requiere de la voluntad consciente de que aquello que quiero lograr suceda, es decir, no basta solo con proponernos alcanzar una meta en un tiempo específico, sino que dependerá de hacer que suceda, conociendo los recursos con los que contamos durante el proceso de planeación (presente) hasta la ejecución (logro de la meta).

Autor: Juan Pablo Guerrero. Coach de vida y ejecutivo.

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